martes, 2 de julio de 2013

Un cuarto de hora



Voy bordando con su propia sombra a las horas.
Busco sus luces entrampadas, sus lenguajes ínfimos,
y sé que puedo ganar mejor el tiempo
pero me brota la hazaña de mirarme y sublevarme
ante lo perdido, porque somos frente a la hora
una hora más pequeña, dislocada, sufrida y difícil.
Perdida.

Y también sé qué es la mordaza necesaria del día:
un telar duro que he formado para taparme del hambre,
un telar duro, tejido y destejido de la sombra de las horas,
un telar que he terminado para esconderme de mi piel
tejida con las horas que se bordan solas: un tapete
que caduca, que no renueva contrato sino con el polvo
escondido entre las ideas y los miedos
que veo sin sentir, sin la carne.

(La carne como la muerte: nada hay debajo
sino un telar de horas, vorágine
de uno que no se ejerce).

Todo pasa en el escarnio de la esperanza.
El frío o el calor ya son coyuntura.
La sed apenas da vueltas y teje su red.
La hora anida en nuestros muros miserables
una insaciable marejada: más horas, más hilos,
más sombras, más tiempo, menos vida.
Lo inevitable es un crucero con cientos de ojos
mirándose y distrayendo al que cae por la borda.
El mar se abre preocupado: es ya la siguiente hora.



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