La tierra que nos han dado está allá arriba.
—Juan Rulfo—
Nos han dado la tierra y las manos con la carne vivísima,
quizá para saber o tal vez para ocultar el cuerpo de un crimen, o la parte del
cielo que encontramos en una dinastía y que por herencia de cierta piel es
ajena.
Nos la dieron y en ella cosechamos algo, muchas veces,
algo que no sembramos, la gota bifurcada del agua de la noche o el sudor
de nuestra raza maderada. Sus hijos como frutos llenos de aire mueven las
ramas, las zangolotean y caen las hojas hurañas, extrañadas, sorprendidas de la frialdad de la tierra. Cae
el último resquicio de la historia y las carabelas de muerte con él.
En la montaña, la tierra se extiende y desciende su
cascada fresca repartiendo la luz y algunas serpientes de barro empujando el
rocío hacia los hermosos rostros de indígenas que toman la semilla y
siembran y siembran octubres y grietas y esperanzas inciertas, por donde nada
llega y nada se va, por donde la sangre regurgita los ríos y vuelca los cielos hacia
las chozas de paja. Regurgita las lunas, las selvas inánimes, el amarguísimo
ardor de la cuchillada al amanecer, el filo de la lengua ajena y el resquemor
de pronunciar.
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