No hay ruido a la distancia.
El arbusto lúgubre apenas se asoma.
No hay cancioncita de azulejo,
si acaso, dos flores vivísimas
que vigilan la pradera y la maraña.
Mujer acorazada en la hierba
se desenreda lenta
en los ojos del anciano.
El ruido somos sólo dos y uno:
agua indómita que se burla
y juega a descender.
Y nada.
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