jueves, 9 de octubre de 2014

Nota rápida sobre la luna menstruante


Leí que un grupo de científicos descubrió que la luna tiene 95 millones de años y para mí es imposible no pensar en cuánta chingadera no habrá visto.

Pensé entonces que somos muy insignificantes. Que somos tan débiles, que nos resquebrajamos al primer soplido, que somos un instante con promedio de 70 años.

Que con una idea de eternidad han aprendido a jugar con nosotros: 

Hazlo ahora antes de que mueras, compra esto, endrógate con esto otro, compra, compra, compra. Consume, date un prestigio que te aleje de la muerte. Date unos 95 millones años de vida con éste gadget de última generación. Sé siempre joven como la luna con éste carrito híbrido.

(Y también pensé que cuando uno pretende bajar la luna —¡cuánto ha de pesar la edad de la luna!— lo que en realidad quiere es hacer de un momento de calentura y exacerbado romanticismo chafa, un acostón de 95 millones de años. ¿Bajarle la luna o bajarle los calzones? He ahí el bla bla bla.)

Así de insignificantes y mensos somos, pues.

Pero la luna —que es luna y es pan— qué hermosa es.

Nunca nos nieguen el derecho de verla.

Aunque esté en sus días.


jueves, 5 de junio de 2014

49: Lustro de impunidad y dolor

Aquí está su justicia embarrada de lodo.

Escondida, aletargada, a veces paranoica,

declarada la madre putativa de las desgracias,

carente de un hogar o una boca rabiosa

para el grito insonoro del dolor.


Justicia de la tierra prometida,

el eco sordo de los pobres,

luz que asoma, coquetea y se vuelve a esconder,

oscuridad de los oscuros,

hambre eterna, más eterna que las lágrimas con dueño,

más eterna y miserable que el hambre de la muerte,

que las llamas, que el fuego después del rayo,

que el hielo seco de la maldición,

que todo el odio guardado para el cielo

en 49 ataúdes crepitantes,

en 49 niños asesinados en la carnicería clandestina de la historia,

en el sistema podrido, en el rastro borrado,

en las conciencias infames de los mezquinos.


Aquí está su justicia criminal,

borracha, pendeja, ebria de sangre y babeante,

con los calzones rotos y las piernas abiertas,

muriendo en cualquier orgía de poderosos,

negada a la voz de su estirpe,

inválida de sí misma, orinada,

dormidita perdidamente

junto a 49 cadáveres de niños inocentes.