Al final del hielo
cede la vorágine:
la luz es el hilo,
desnudez bordada
del colibrí errante,
muérdago de piel.
Al fondo, la flor
marchita de egos
que fluye del vaho
flácido del musgo.
Todo es primavera
obtusa: en el día,
sombras se deshacen
en sordas marimbas,
en veintiún pétalos
echados al viento.
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