Leí que un grupo de científicos descubrió que la luna tiene 95 millones de años y para mí es imposible no pensar en cuánta chingadera no habrá visto.
Pensé entonces que somos muy insignificantes. Que somos tan débiles, que nos resquebrajamos al primer soplido, que somos un instante con promedio de 70 años.
Que con una idea de eternidad han aprendido a jugar con nosotros:
Hazlo ahora antes de que mueras, compra esto, endrógate con esto otro, compra, compra, compra. Consume, date un prestigio que te aleje de la muerte. Date unos 95 millones años de vida con éste gadget de última generación. Sé siempre joven como la luna con éste carrito híbrido.
(Y también pensé que cuando uno pretende bajar la luna —¡cuánto ha de pesar la edad de la luna!— lo que en realidad quiere es hacer de un momento de calentura y exacerbado romanticismo chafa, un acostón de 95 millones de años. ¿Bajarle la luna o bajarle los calzones? He ahí el bla bla bla.)
Así de insignificantes y mensos somos, pues.
Pero la luna —que es luna y es pan— qué hermosa es.
Nunca nos nieguen el derecho de verla.
Aunque esté en sus días.