viernes, 21 de marzo de 2014

La Tierra de Aquí


La tierra que nos han dado está allá arriba.
—Juan Rulfo—


Nos han dado la tierra y las manos con la carne vivísima, quizá para saber o tal vez para ocultar el cuerpo de un crimen, o la parte del cielo que encontramos en una dinastía y que por herencia de cierta piel es ajena.

Nos la dieron y en ella cosechamos algo, muchas veces, algo que no sembramos, la gota bifurcada del agua de la noche o el sudor de nuestra raza maderada. Sus hijos como frutos llenos de aire mueven las ramas, las zangolotean y caen las hojas hurañas, extrañadas,  sorprendidas de la frialdad de la tierra. Cae el último resquicio de la historia y las carabelas de muerte con él.

En la montaña, la tierra se extiende y desciende su cascada fresca repartiendo la luz y algunas serpientes de barro empujando el rocío hacia los hermosos rostros de indígenas que toman la semilla y siembran y siembran octubres y grietas y esperanzas inciertas, por donde nada llega y nada se va, por donde la sangre regurgita los ríos y vuelca los cielos hacia las chozas de paja. Regurgita las lunas, las selvas inánimes, el amarguísimo ardor de la cuchillada al amanecer, el filo de la lengua ajena y el resquemor de pronunciar.

En la mujer, en sus senos como ofrendas, en el hombre triste de aquel llano, en el niño que muere en podredumbre, en las entrañas del anciano desvalido, en el hambre tenaz, en nuestra bandera de sangre y mentira, es posible no aprender nunca más qué hacer con nuestra tierra.

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