Aquí está su justicia embarrada de lodo.
Escondida, aletargada, a veces paranoica,
declarada la madre putativa de las desgracias,
carente de un hogar o una boca rabiosa
para el grito insonoro del dolor.
Justicia de la tierra prometida,
el eco sordo de los pobres,
luz que asoma, coquetea y se vuelve a esconder,
oscuridad de los oscuros,
hambre eterna, más eterna que las lágrimas con dueño,
más eterna y miserable que el hambre de la muerte,
que las llamas, que el fuego después del rayo,
que el hielo seco de la maldición,
que todo el odio guardado para el cielo
en 49 ataúdes crepitantes,
en 49 niños asesinados en la carnicería clandestina de la historia,
en el sistema podrido, en el rastro borrado,
en las conciencias infames de los mezquinos.
Aquí está su justicia criminal,
borracha, pendeja, ebria de sangre y babeante,
con los calzones rotos y las piernas abiertas,
muriendo en cualquier orgía de poderosos,
negada a la voz de su estirpe,
inválida de sí misma, orinada,
dormidita perdidamente
junto a 49 cadáveres de niños inocentes.