Me pongo a comparar palabras que nunca me sucedieron antes de los 30 años de edad, y me doy cuenta que Lobotomía y Licantropía no son muy lejanas, si se les toma de un estribo y se les ata con la lengua.
A los 34 no es difícil bifurcar sobre la felicidad: bastan
dos horas de consuelo entre lo que uno quiere ser y lo que en realidad uno es,
para saber que la vida vale apenas 60 pesos diarios en cualquier trabajo. Ese
es el punto de equilibrio que en México se ha considerado para ser
económicamente felices y marxistamente infelices.
| Centro Histórico de la Ciudad de México |
También me paso algunas noches pensando esas cosas, vagando
y divagando, —que es lo mismo pero no es igual—, difuminando, buscándole el
gerundio perfecto, la adrenalina misericordiosa a la vida. Otras noches las
paso “papando moscas”, —dicen—, escribiendo algo, planeando algo que me ponga
lejos de la mano inaudita, la erudición perpetua de la muerte. Pienso en los
crucifijos: ¡qué triste es la vida de ese que está en ellos! ¿Ganaba 60 pesos
al día? Todo ahora vale dos bocanadas y un trago al café. Mojarse los labios con un chorro de Bourbon.
La mayor parte de mi vida antes y después de los
30, me la pasé preguntándome si en algún sitio ajeno a los bares y los
panteones, volveré a tener 30 otra vez.