sábado, 13 de julio de 2013

Al pobre hombre lobo de los 30 y algo


Me pongo a comparar palabras que nunca me sucedieron antes de los 30 años de edad, y me doy cuenta que Lobotomía y Licantropía no son muy lejanas, si se les toma de un estribo y se les ata con la lengua.

A los 34 no es difícil bifurcar sobre la felicidad: bastan dos horas de consuelo entre lo que uno quiere ser y lo que en realidad uno es, para saber que la vida vale apenas 60 pesos diarios en cualquier trabajo. Ese es el punto de equilibrio que en México se ha considerado para ser económicamente felices y marxistamente infelices.

Centro Histórico de la Ciudad de México
Con eso alcanza para varias cosas, sin valor tal vez, pero profundas y decadentes como un cigarro, la luna desconchinflada, un café americano del Oxxo, —que a las diez de la noche con 53 minutos, me sabe a una Europa sin Colón—; una pieza de pan o una mujer que apenas se desnuda con evidencias leves de amor y esas cosas. En la calle, en este momento, un hombre lobo que lejos de lobo parece perro viejo de La Merced. En la primera plana del periódico añejado sobre la taza del baño, un policía moribundo, calamar guisado en su tinta, —roja—, que acababa de saborear 30 años de vida. "Los más dulces", dice la viuda.

También me paso algunas noches pensando esas cosas, vagando y divagando, —que es lo mismo pero no es igual—, difuminando, buscándole el gerundio perfecto, la adrenalina misericordiosa a la vida. Otras noches las paso “papando moscas”, —dicen—, escribiendo algo, planeando algo que me ponga lejos de la mano inaudita, la erudición perpetua de la muerte. Pienso en los crucifijos: ¡qué triste es la vida de ese que está en ellos! ¿Ganaba 60 pesos al día? Todo ahora vale dos bocanadas y un trago al café. Mojarse los labios con un chorro de Bourbon.

La mayor parte de mi vida antes y después de los 30, me la pasé preguntándome si en algún sitio ajeno a los bares y los panteones, volveré a tener 30 otra vez.



martes, 2 de julio de 2013

Un cuarto de hora



Voy bordando con su propia sombra a las horas.
Busco sus luces entrampadas, sus lenguajes ínfimos,
y sé que puedo ganar mejor el tiempo
pero me brota la hazaña de mirarme y sublevarme
ante lo perdido, porque somos frente a la hora
una hora más pequeña, dislocada, sufrida y difícil.
Perdida.

Y también sé qué es la mordaza necesaria del día:
un telar duro que he formado para taparme del hambre,
un telar duro, tejido y destejido de la sombra de las horas,
un telar que he terminado para esconderme de mi piel
tejida con las horas que se bordan solas: un tapete
que caduca, que no renueva contrato sino con el polvo
escondido entre las ideas y los miedos
que veo sin sentir, sin la carne.

(La carne como la muerte: nada hay debajo
sino un telar de horas, vorágine
de uno que no se ejerce).

Todo pasa en el escarnio de la esperanza.
El frío o el calor ya son coyuntura.
La sed apenas da vueltas y teje su red.
La hora anida en nuestros muros miserables
una insaciable marejada: más horas, más hilos,
más sombras, más tiempo, menos vida.
Lo inevitable es un crucero con cientos de ojos
mirándose y distrayendo al que cae por la borda.
El mar se abre preocupado: es ya la siguiente hora.